jueves, 29 de diciembre de 2016

«Una hoja de almendro» de Jorge Fernández Gonzalo

     Una hoja de almendro, poemario de Jorge Fernández Gonzalo publicado en 2004, es el décimo nono Premio de Poesía Hiperión. 



     Caracterizado por una poesía íntima, elaborada desde un plano muy personal y con una selecta recreación de imágenes (hoja, lluvia, alondra, luz...). Está presentado en tres momentos: Haz, Canto y Envés. En este libro se nos propone un giro tridimensional alrededor de una simbólica hoja de almendro y de un paisaje descrito a base de sensaciones, de sentimientos y de reflexiones, en el que se funde el yo poético:

El libro estaba escrito
Entonces en su savia,
En su promesa, y mi palabra es nerviación
Y brote, tentativa,
Correspondencia entre mis actos,
entre mi vida y su dibujo. [...]
Todo lo que se nombra es ya hoja
Que nacerá de los almendros, y es
Lenguaje, y aventura, es la leyenda
Proclamada, memoria del futuro,
Como el río conoce en su despliegue
La caída entre rocas, su camino.
(En "Floración")

     El escenario lírico es un horizonte de emociones reflejadas en los elementos naturales (Sentir es mi obra... Sentir es el gran libro...). Las palabras son yemas y son labios y los ríos son versos sin estrofa. La luz viene a ser, en ocasiones, la protagonista (como sucede en "Albada") o elemento integrante del vitalismo "Primaveral". También la lluvia adquiere importancia por su carácter generador:

Es música del tiempo y partitura
Del tacto, este caer, entre nostalgia
Y rendición, entre crimen y pureza,
De la lluvia.
[...]
La lluvia es una fragua.
(En "Lluvia. Variación primera")



     La mirada del poeta y su espíritu creador rondan los versos del primer bloque –Haz–. Para él, Se crea si se mira. Se destruye con la memoria. Y el mundo se intuye [...] Soy su testigo y como tal su Creador:

                                            Reta
Con la mirada, como si poseyeras.
Roba si miras, porque estás creando
Y todo creador hurta al vacío...
(En "La mirada")

     A lo largo de toda la obra, surgen dos temas recurrentes, la hoja y la alondra. El primer elemento parece vinculado a una exaltación vitalista del universo poético de Fernández Gonzalo, mientras que la alondra resulta ser un motivo de reflexión sobre el paso del tiempo o una especulación llena de recuerdos:

Pasa una alondra y pienso que he perdido
Su vuelo y otras tantas oportuni-
Dades en este cielo aún no escrito
(En "Alondra", página 14)

Todo lo que ha ocurrido, aunque durase
Unos breves instantes
Ya tiene vocación de eternidad
(En "Alondra", página 26)

¿Por qué este aroma tan cargado
De recuerdo? El azahar y su traición,
El oreo del tiempo y la pizarra
De los días
(En "Alondra", página 29)

     El segundo fragmento del libro de Fernández Gonzalo tiene como título "Canto". Es otro plano distinto al planteado en el primer apartado, aunque el alter ego lírico sigue actuando de forma consciente sobre el espacio poético:

Mi mirada es la yesca golpeada,
El pedernal que aviva y que da hondura
A tanta creación bajo la aurora.
(En "Yesca y pedernal")

     En esta ocasión, los recuerdos de infancia y juventud afloran:

Cuántas cosas sin nombre, sentimientos
Sin precisión, sin calma, revolviéndose
En donde no llegaba la palabra
Sino por su recuerdo. Algunas horas
En compañía y juegos infantiles
Cuya inocencia hoy no entenderíamos,
Y reír sin motivo, ingenuamente,
Para desperdiciar cada momento
Con desprecio y desdén no aprendido
Porque todo valía.
(En "Un recuerdo")

La nostalgia es tristeza.
Y más aún si añoras lo que nunca
Sucedió, y unos pocos besos que cayeron
Como el trigo en la época de siega,
Sin mano que rescate su semilla, o sin pájaro
Hurtando el fruto a su manera merecido.
(En "Nostalgia")

En estas fotos y por las paredes,
Cada vajilla, la honda chimenea
Frente a la cual las vidas
De mis antepasados
También se consumieron.
(En "Casa antigua")

     Pero la mayor parte de los textos de este apartado están orientados a la entidad corpórea como protagonista, a través de la sublimación metafísica del contacto, donde se hace realidad la escritura sin idioma:

Apréndete su cuerpo
porque tendrás que dar a los rescoldos
Del olvido su tacto, su lenguaje
La variación febril de sus caricias

Para seguir buscándolo siempre.
(En "El olvido")

     También se identifica el cuerpo con la naturaleza:

Sea el cuerpo.
Sea su tacto ingenuo en el hallazgo
De la luz. Coincidencia
Entre mi mano alzada hasta la hoja,
Vuelta en hoja y en árbol al instante,
Hecho yo todo tierra, campos fértiles.
(En "Inmediatez")

     Los cinco últimos poemas de esta segunda sección terminan siendo un canto a la mística del cuerpo y a su entrega amorosa, excepto el número dos, que vuelve a retomar el anhelo de trascender, de vivir en las hojas de un árbol y de culminar escrito en un papel en el que puedas, tú, tocarme.

     Reanuda Jorge Fernández, en la tercera parte del libro –Envés– el empleo de los dos asuntos reiterados en el primer bloque: la hoja y la alondra.

     Esta última emerge como testigo del paso del tiempo: Y una alondra que pasa / Como signo de un día / Que no ha dejado herida ni cordura, alrededor de la especulación del yo creador:

Cómo mirar es el problema [...]
                                           Fiel
A la palabra y a la paz, respiro,
Es el oficio que he elegido.
(En "Alondra", página 55)

     En "Alondra última" la voz del poeta realiza una declaración de intenciones y de principios sobre la creación poética:

Yo vine a no entender la
Vida, a no aprenderla,
A descubrirla con el traje nuevo
De la infancia y la luz, porque comparto
Mi cuerpo con los pinos y los ánades,
Con el maíz, y el fuego sin hogar.
(En "Alondra última")

     Esta misma especulación está presente en "Retirada": Y ahora escribo / Sin deudas [...] Llega el momento de la fragua / Y la escritura.

     En la primera "Hoja" (pág. 58) de este tercer momento poético asistimos a una visión contemplativa de los árboles: La luz los ha nombrado así. Luz que se va a convertir –en el segundo poema "Hoja" de la página 64– en protagonista: ¿Qué descansa tras la luz?, que ilumina el paisaje: Allá, a lo lejos / El sol es una araña / Pisoteada. El último poema dedicado a la hoja se titula "Hoja última". El poeta parece culminar en él las introspecciones personales y creativas realizadas durante toda la obra:

Estas hojas son páginas
Donde se escribe la ecuación del mundo,
El fractal del futuro, mis acciones
Bajo la servidumbre de su savia.
[...]
Y estoy tomando todas las decisiones
En este instante, es esta
Hoja de almendro que celebra
Mi propio acto de celebración.
(En "Hoja última")

     Esta tercera sección aparece veteada de momentos líricos llenos de delicadas imágenes:

Mis manos sólo sirven para nombrar las cosas
Con su sola caricia, y domeñarlas
Al cauce de mis dedos, fugitivo
Don de la inmediatez, mármol preciso.
(En "Manos")

Sólo
Yo sé, olvidada Berenice,
Que es verdad tu cabello en las estrellas.
(En "Constelaciones")

(Vale por un poema sobre mi tristeza,
[...]
Por un poema en el que no me atrevo
A mostrar las miserias, y que sólo
Esbozo en sugerencias
Sin valor... perdonen
Mi grave falta de sinceridad).
(En "Cheque sin fondos")

     La poesía de Jorge Fernández Gonzalo, en Una hoja de almendro, me ha sugerido la visión de un cuadro creado a base de pinceladas simbólicas que insinúan un paisaje interior, estático. La mirada sobre ese lienzo lírico se convierte en holograma sensorial gracias a la original perspectiva de un yo poético omnipresente y a la inspiración de la luz que atraviesa sus versos.

     Y como muestra de lo dicho anteriormente, valga este poema:

MERECIMIENTO

Desgraciado el que besa y no ha sentido
La convicción del mundo por sus labios.
Si una hebra de viento, de invisible
Aleteo de alondra lo acaricia
Calladamente y brinda su esperado
Tomillo, la ternura de su aroma
Azafranado y frágil, si no siente
La pulsación, el eco, la embestida
De un sabor, sólo el pan para su boca
E inanidad de agua, si, manchado
De aire alrededor, en una túnica
Ligera por sus hombros, concibiéndolos
Por un peso de atmósferas y fraguas
De polvo y de cadáveres, de sumas,
De amaneceres, noches, de gladiolos,
Si no siente, si el cuerpo es ciego y sordo,
Si no siente la gracia, no merece.

Foto tomada de El diario.es

domingo, 27 de noviembre de 2016

"Caballo caballo". Nuevo libro de Beatriz Blanco

El viernes, 25 de noviembre de 2016, Javier Lostalé presentó el nuevo libro de Beatriz Blanco titulado Caballo caballo, de la Editorial Pre-textos.


El acto tuvo lugar en la librería Rafael Alberti de Madrid.


Imagen tomada de "ABC"


Comenzó Javier Lostalé felicitando a la autora, por su nuevo libro, y a Juan Eduardo Zúñiga, por el reciente Premio Nacional de las Letras.

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Si alguno de los vídeos no se puede ver en el blog, están en otra página alojados. Clic AQUÍ para verlos.


A continuación, nos habló de la poesía de Beatriz Blanco, de sus características fundamentales y de las influencias de otros poetas en su obra.

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Tras presentar los libros publicados por la autora, Javier Lostalé pasó a reseñar el nuevo volumen de Beatriz Blanco, analizando los cuatro bloques y las peculiaridades más destacadas de cada uno de ellos.

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Terminado el discurso, tomó la palabra Beatriz Blanco para agradecer la exposición de Javier Lostalé y el esfuerzo hecho por la librería “Rafael Alberti” –y especialmente por Lola Larumbe– tras haber sufrido una lamentable inundación en sus instalaciones.

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Beatriz Blanco explicó seguidamente su concepto de poesía y algunos detalles de su obra.

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Finalmente, la autora prosiguió con la lectura de fragmentos de Caballo caballo y puntuales descripciones sobre su proceso creativo.

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Tras una lectura inicial –después del acto–, estas son mis primeras impresiones sobre la obra:

Caballo caballo es un poema onírico, presentado solemnemente en la primera parte de la obra: “En mi habitación”, donde una prosa mágica introduce un paisaje creado en la niebla de un sueño vital.

En el segundo bloque, “A caballo en el bosque”, se inician los versos que narran el periplo de una voz poética a lomos del ritmo marcado por un caballo negro, que pronto deja paso a un caballo blanco al que

Poco a poco los tambores de mi pecho
le entregan un nuevo ritmo.

El recuerdo de corceles mitológicos es constante, mientras se introduce en un bosque (territorio del hombre). Los sonidos, las voces, las canciones (A mi lado el río canta) los olores y las fragancias inundan el poema. Pero también aparecen breves sentencias que recuerdan un filosófico itinerario machadiano:  

Todos venimos de algún remoto mar.

El bosque es territorio del hombre.

La brisa enseñó a cantar al hombre.

En el tercer episodio, “Algarabía de voces”, surge una voz que se erige como corifeo (voz oracular para Beatriz Blanco) y que guía al primigenio yo poético por un camino, iniciado en el Paraíso, y que conducirá al océano final:

Cuando el hombre es expulsado de allí le conceden tres dones:
el canto, la protección de las telas, la compañía de los ángeles.

Los versos se pueblan de Ángeles mágicos y de Telas que cobran vida, hablan y se llenan de color.

Y al final de la vida vuelven ríos y telas a juntarse.
En el umbral encuentra el hombre un río.

Los hechos de su vida se transforman en telas.
Con ellas los ángeles se visten.

El último capítulo de esta épica personal se titula “Hacia el río”. En él se silencian las voces, la algarabía y hacen su aparición la reflexión y el silencio:

Las palabras han escapado como pájaros.

El caballo ha sido sustituido por una canoa donde telas y meteoros descienden a acompañar el delta de mi vida.

Y el poema finalizará así:

Yo cierro mis ojos. Es impúdico mirar la desembocadura de los ríos.

Dice mi amiga y maestra, María Teresa Bouza Álvarez, que la poesía imprescindible (o dicho con otras palabras, la “buena poesía”) es aquella que impacta y que no permite una sola lectura. En el caso de Caballo caballo, el dominio del ritmo, la sorprendente y fascinante epopeya íntima y su atrayente simbología han golpeado mi cerebro y mi corazón, siendo necesaria otra lectura catártica -por lo menos-.



Algunas imágenes del evento: